El Poder del Maquillaje

Por Rosana Bernés (YouTuber)
¡Hola Mamitas Chulas!
Hoy vengo a platicar sobre un tema que me parece apasionante… mente superficial: Maquillaje. Majestuoso maquillaje.
“¿Qué onda, por qué querríamos leer sobre maquillaje en este espacio?”. Lejos de ser una parte más (o menos) de nuestras vidas, se ha convertido casi en un tema tabú en el sentido de que nos ocasiona cierta aversión en algunas circunstancias: qué tan joven o tan vieja se es para usar maquillaje, qué tan aberrante es que un varón utilice maquillaje, qué tan machista resulta colocarnos maquillaje para lucir más atractivas para los hombres. Evidentemente, si el centro de tu vida tiene forma fálica, todo lo que hagas será encaminado a complacer el ego masculino, para bien o para mal. Déjenme decirles que para mí, el maquillaje transmite una cosa: P.O.D.E.R.
Al principio del Blog dije que me parecía superficial y ahora digo que transmite poder ¿cómo así? Efectivamente, el maquillaje es superficial, puesto que se coloca sobre la piel y de ahí no baja; y definitivamente un poco de labial rojo no va a cambiar al mundo… ¿O sí?. Para entender un poco mi afición, tengo que mencionar a tres iconos históricos que me vienen a la mente al pensar en maquillaje.
¿De dónde viene el arte de untarnos menjurjes en el rostro y cuerpo? En la era prehistórica, las personas se colocaban barro, carbón y otros pigmentos naturales para mostrar una categoría: guerreros, vírgenes, mujeres fértiles se marcaban para distinguirse entre los demás. Estoy muy consciente de que puse “guerreros” precediendo dos atributos relacionados con el estado reproductivo de las mujeres, pero tal vez es un poco tarde para reclamarle a los de la edad de piedra qué querían resaltar de sus personalidades.
Entonces llegamos a la gran era del Imperio Egipcio, donde tenemos los primeros registros del uso del maquillaje. Faraones utilizaban cosméticos (del  griego “kosmetikē tekhnē” que significa “técnica del vestido y del ornamento”) para sus ritos funerarios y religiosos. Se ha encontrado evidencia en sus tumbas de lo importante que fueron éstos para su vida diaria. Siendo la cuna de la Dermatología, utilizaban cremas para el rostro, delineadores para ojos y pinturas labiales, entre otros. Aquí tenemos a mi primer ícono: Cleopatra. Cuando pienso en “cuidado de la piel” pienso en ella remojada en una tina de leche para hidratar la piel, con los ojos perfectamente delineados en forma de pez, las cejas muy perfiladas y los labios carmesí. Aunque desconozcamos la vida de Cleopatra, esa escena que me he dibujado en la mente, impone.
En el siglo XVII-XVIII, las mujeres aristócratas utilizaban rostros pálidos empolvados con harinas, mejillas muy rosadas transmitiendo juventud, lunares artificiales y cejas casi inexistentes, como las que crecimos en la década de 1990-2000 (trágame Tierra); acompañadas de peinados pomposos adornando frentes artificialmente amplias. ¿Pensaron en alguien? María Antonieta. Qué personaje tan polémico como poderoso. Que la llamaran “La Perra Austriaca” por ser considerada promiscua, derrochadora y manipuladora de su marido, me hace pensar que se trataba de una mujer inteligente, sin miedo de alzar la voz, con el carácter necesario para discutir con el Rey Luis XVI el rumbo de un país. Era esperado que despertara el recelo de hombres y mujeres de la época; cuando sobresales, la gente habla.
Más adelante, los franceses utilizaron la palabra “maquillage” para definir toda aquella pintura utilizada por los actores para caracterizar a los diversos personajes que interpretaban en las obras teatrales. Para este fin, sabemos que eran varones los que hacían uso de estas técnicas, puesto que estos representaban los papeles masculinos y femeninos (de ahí viene el D.R.A.G“dressed as a girl”, que los dramaturgos escribían en sus guiones para señalar los personajes mujeres).
Ahora tenemos a la que, a mi gusto, rompió con el “recato” victoriano, liberándonos de corsés que levantaban los senos y afinaban la cintura para darnos una figura “más femenina”. Ella, mi ídolo personal, subió dobladillos, retiró pompa, holgó el talle de los vestidos y se puso pantalones: Mademoiselle Gabrielle Chanel. Escandalosa por ser considerada la Mata Hari de nuestro tiempo, fue un parteaguas no sólo en la moda, sino en la belleza de la mujer; sobresaliendo desde una infancia trágica hasta su resurgimiento en el mundo de las pasarelas en el ocaso de su vida. De repente, esta moda andrógina, privada de curvas, con moda militar para vestir comenzó a resultar atractiva, pero más allá de eso, le quitó la apariencia débil a la mujer, igualándola con el que se supone que era su igual.
“Cuando estés triste, ponte labial rojo y ¡ATACA!, porque los hombres odian a las mujeres que lloran”. Es una de mis frases favoritas, porque de primera instancia nos podría hacer creer que se trata de ponernos bonitas para que los hombres nos vean atractivas y -no nos odien- pero no; no, no, no: Mademoiselle nos dice que luzcamos poderosas y seguras de nosotras mismas, para que los hombres nos tomen en serio. No puedo ser la única que ha convivido con hombres (y algunas damas) que giran los ojos al ver que lloramos. Nosotras sabemos que una lágrima no quiere decir que seamos débiles, pero para ellos, sí. Entonces, el labial rojo, denota fortaleza,impone, atrae miradas a los labios, que son el marco de nuestra arma más poderosa: La voz.
Todas las mañanas me levanto más temprano que el resto para tener tiempo de maquillarme. Además de que me encanta, me relaja; es mi tiempo de meditación personal. No pretendo esconder las ojeras que me quedaron al dormirme a las 2:00 am por estar preparando una clase, no quiero esconder las imperfecciones que el acné de mi adolescencia dejó en mi cutis, no me maquillo para que mi esposo o mis compañeros de trabajo me consideren atractiva o para que mi mamá diga que me veo bonita; me maquillo para que, al entrar a un cuarto, mi presencia imponga. La gente no va a notar todo lo que tengo que ofrecer, afortunada o desafortunadamente seguimos siendo seres visuales; pero sí me verán a mí, porque cada quien es su mejor tarjeta de presentación. Me maquillo porque quiero ser un ejemplo para mi hija, y que cuando me recuerde piense “mi mamá era un mujerón”.
“Una mujer no tiene que ser bella, tiene que creérselo”. El maquillaje es una forma de comunicación no verbal. Tenemos que preguntarnos qué deseamos transmitirle a la gente con la que interactuamos y tomar a la vida por los cuernos. El mundo necesita personas seguras de sí mismas, educadas, con clase. No quiero decir que si no prefieres usar maquillaje estés mal; sino que si lo usas lo hagas sin pena y con orgullo, para resaltar lo mejor de ti misma y para comunicar seguridad, fortaleza, P.O.D.E.R; y que si no lo usas por hacerle caso a algún prejuicio, los expulses y hagas lo que a ti te provoque hacer.
Invertimos mucho tiempo averiguando cómo empoderarnos. Siendo honesta, detesto esa palabra; porque ya lo somos, sólo nos falta demostrarlo. ¿De qué manera? CREYÉNDOLO. La belleza, que yo más bien llamaría “seguridad”, viene desde dentro de nosotras. El poder es inherente de una mujer.